Mi abuela fue una mujer de vanelaguardia, pero se estancó más tarde, cuando se casó, como tantas otras mujeres. Estudió Filosofía y Letras y fue profesora de una cátedra una temporada. Hablaba castellano con su madre cubana, catalán con su padre barcelonés, francés con sus amigas del norte, y a parte, inglés, italiano y portugués.

Me contó que cada domingo hacía un pastel, hasta que apareció mi abuelo, y el tiempo para hacer el pastel desapareció. Se casó con un hombre más joven que ella…

Era conductora, tanto de coches como de motos, y pasados los setenta años y con unas condiciones no aptas para conducir, le renovaron el carnet, no sabemos si por la ineptitud de la DGT o por su saber estar… Tanta percha tenía que una vecina realmente creyó que había sido testigo directa de los atentados del 11-S; el Alzheimer, las fotos de la prensa y los recuerdos de sus viajes hicieron que creara una historia totalmente coherente y verosímil…

Mi abuela decía que como su madre era cubana, necesitaba comer mucho azúcar, y me enseñó la insana costumbre de tomar una cucharada a palo seco cada vez que pasaba cerca del azucarero. Eso sí, luego cenaba batidos de chocolate Biomanán, que también me dejaba probar y recuerdo que estaban buenísimos…

También me enseñó lo que eran las rousquilles fondant, de Amélie-Le-Bains, donde pasó parte de su infancia. Tengo ganas de volver allí y comprar más porque hace años que no las como…

Mi abuela era una gran fan del mar. Se enfundaba su bañador, su gorro de flores, y se metía en el agua sin sacarse las gafas; siempre me decía que fuese, que llevaba manguitos y no me iba a hundir, que fuese porque el agua estaba muy buena, y acababa quejándose de que le había salido la nieta de secano.

Cuando dormía en su casa, cogíamos el 34 y bajábamos por la Diagonal a ver a su madre, que tenía galletas en el un oscuro aparador del salón; por el camino me explicaba qué eran los edificios por dónde pasábamos, o cuáles eran las calles más importantes y por qué… Me enseñaba su ciudad, en la que yo aún no vivía.

Mi abuela compraba el Vogue francés cada mes y me decía que para ir a la moda tenía que llevar más transparencias, o enseñar la cintura, o ponerme un cinturón fino de metal. Cuando yo era más pequeña, compraba telas y las enviaba con alguna foto de alguna revista a mi bisabuela, para que pudiese coserme ese vestido o ese conjunto, muchos de los cuales los guardo porque al final me acabaron vistiendo mis dos abuelas y mi bisabuela en equipo…

A mi abuela le gustaba bailar, y a veces poníamos vinilos de Astrud Gilberto y bailábamos mientras ella cantaba La Garota de Ipanema. Una vez me dejaron bailando sola, resbalé con la alfombra y me clavé la esquina de la mesa en la cabeza. Lloré pensando que sólo había sido un golpe y había chichón y punto… Pero muy cerquita estuve de los puntos… Suerte de los strips y de tener tantos médicos en casa…

A veces, le pedía que me hablase en italiano, y no sé exactamente si la entendía o creía que lo hacía, aunque teniendo en cuenta que luego he mantenido alguna conversación en dicha lengua, igual sí que algo aprendí…

Mi abuela era de esas personas que iba a misa a las siete de la mañana, porque así ya lo tenía hecho, pero no era porque luego tuviese que pasarse la mañana en la cocina ni nada de eso… Opinaba que si ya vendían la comida hecha, para qué iba a pasarse ella la mañana encerrada… En vez de eso, leía y releía biografías, novelas históricas, o los ejemplares de Historia y vida a los que estaba suscrita.

Mi abuela me explicaba historias de la Historia muy a menudo; sobretodo me explicaba historias de la realeza, como el anuncio de la gestación de Alfonso XIII y todo el país en vilo para ver si la reina Maria Cristina paría niño o niña.

Me llamaba Maria de Bahia.

Mi abuela tenía un carácter muy fuerte y cuando se enfadaba ponía cara de muy mala leche…

Mi abuela me dijo que Nerón, el pastor alemán, había muerto de cáncer, no intoxicado por los papeles de magdalena que se comió cuando se los puse para que se comiese las migas… Me quitó el peso de la culpabilidad de encima…

Ella me llevó a un colegio electoral por primera vez, y de ella aprendí que la expresión otro día dejaba de ser válida cuando hoy ya es otro día.

A mi abuela le gustaba que llevase el pelo muy corto, para no perder el tiempo peinándome, y a la mínima que podía hacía que Josefina, la peluquera, me lo cortase por debajo de las orejas, para posterior cabreo de mi padre, a quien no le gustaba.

Mis abuelos no eran muy niñeros, por eso supongo que todo lo que recuerdo de mi infancia con ellos tiene pinceladas de seriedad y madurez, de calma. A veces me aburría, pero no se estaba tan mal…

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